Siempre fui charlatana y risueña, me gustaba la música, cantar, producir, había dejado un poco al lado ése sueño de tener un hotel arcoiris pero aún vivía en mí el deseo de seguir adelante con mis sueños y volverme la mejor en lo que sea que elija. Para mis 15 años yo era más de lo que deseaba ser, mis notas eran buenas en arte pero demasiado malas en ciencia. Me daba igual, eso no era lo que me definía o lo que en el futuro sería. “¡Nada tiene que ver conmigo las ciencias!” fue la frase que le dije a mí madre, por primera vez tuve la valentía de enfrentarme a ella. Por mucho tiempo pensé que adoctrinando a mí hermana yo ya habría de tener la libertad de escoger, sin embargo, mí madre era fan de los títulos académicos de élite porque ella no tenía uno. Y no dejaría que ninguna de sus hijas escoja la vida mediocre. Papá no era así, él simplemente me empujaba hacia adelante: “Cueste lo que cueste, digan lo que digan, sigue adelante” esa era la frase que papá usaba conmigo cada vez que me encontraba llorando por discutir con mí madre. Lo extraño…
Cumplí 18 años, encontré a mí padre en la sala, había comprado un nuevo vino, uno riquísimo según él. No tomaba mucho, pero amaba degustar y a escondidas de mamá yo lo hacía con él. Había adquirido ése paladar, sabía lo que era bueno y lo que era malo. Ambos nos reímos cuándo descubrimos que tipo era… sólo una mirada bastaba para entendernos esa era la conexión. “A tus 21, mi caja de ahorros será lo suficientemente grande para que viajemos a Francia y probemos un maravilloso Château Lafite juntos…” El sueño de papá era tener un viñedo y no lo logró, pero al menos, no podía irse de éste mundo sin haber probado un famosísimo vino francés.
Unos meses después de esa conversación, su corazón se detuvo, nadie pudo salvarlo. Ni siquiera mis lágrimas, aunque él dijera que eran curativas, que sanaban cualquier dolor o herida. Fue la primera vez que mi padre me había mentido.
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